María Luisa volaba equivocadamente. Ella era una de esas personas que nunca se arrepienten de sus actos, pero en ese instante, hubiera borrado de su vida la madrugadora decisión de beberse la botella de ginebra a cara perro. El alcohol no te deja pensar, los actos se realizan a demanda de las vísceras y por despecho… Le bastó una milésima de segundo para saber que estaba en un camino de imposible retorno. Sólo le quedaba apechugar con su actual situación y esperar lo que estaba por llegar. Fue entonces, desde su completa indefensión cuando la asaltó el primero de los recuerdos. Un recuerdo lejano, infantil, inexplicablemente detallado y pausado: Ella corría por un campo de trigo dorado haciendo pasillos espontáneos en un mar inmenso de espigas… Se acordaba perfectamente de cómo se sentía en ese día soleado, con que fuerza se adentraba en lo desconocido, creando el camino, sin miedo alguno… Seguidamente la abordó una imagen suya en quinto de EGB realizando el test de inteligencia de todos los años. Podía rememorar claramente, cómo le cansaba enfrentarse a esos problemas de ritmos lógicos que dejaban las orejas hirvientes de tanto pensar y cómo terminó gastando el resto del tiempo de la prueba científica en experimentar con la distorsión de su cara reflejada en el capuchón cromado de la pluma de su primera comunión. Encadenada a esta imagen llegaba otra vivencia pasada hasta su mente, esta vez, fría y triste: La visión de su cara en el interior cromado de la potente luz del quirófano, traía el vacío más devastador que hubo sentido jamás. Con aquel raspado de matriz, también se le ahuecaba para siempre su infancia de “nada es imposible”, de mundos de princesas rosas y galantes príncipes azules, que toda niña posee en su interior… Uno tras otro, le fueron invadiendo multitud de centelleantes recuerdos, que se agolpaban en su cabeza como un sumidero que no da abasto con su labor. La noche que perdió el autobús de vuelta en Sevilla y se embriagó de improvisación ; el beso dulce de Juan bajo el sauce y el amor; el gato de Amanda en el balcón; la ridícula muerte de Roberto en la piscina del club; la espontánea ventolera en la verbena del barrio, la barca del río seco, la noria… Y hubiera estado toda una vida rememorando toda su vida, si no fuera porque finalmente su memoria terminó por colocarla violentamente en su chungo aquí y ahora que hacía tan sólo cuatro segundos antes había decidido vivir: El irreversible y borracho salto al vacío desde la azotea de su bloque… Ajustes de cuentas.
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Me ha gustado mucho el relato y me ha sorprendido porque hasta el final no “caí” en lo que le estaba pasando a la chiquilla … enhorabuena!
http://www.youtube.com/watch?v=kWnFwZeM6Sw
Gracias, Gilda. Eres la mejor.
(¡Esta parte del comentario contiene spoilers! jojojo) Agata, “Aire” va de suicidas? No soy de Mecano… hay algo que siempre me echó para atrás de ellos (¿los hermanos Cano, quizás?)
He revisado el texto y lo he descargado de lastre descriptivo y manolas mentales del narrador.
¡Estamos mejorando día a día el Puyahumanismo para usted!
Disculpen las molestias.
Jojojojo