
Caperucita Carmesí era la flor más hermosa del prostíbulo de La Abuela. Ella era de Valencia, sus modos de mujer refinada contrastaban con los aires abrutados de las otras señoritas del burdel. A saber cuál sería la razón para que acabara en Villar del Arzobispo. Pero el hecho es que nos acompañó siete meses. No sólo poseía una belleza infinita, era además divertida, despierta y una amante generosa… En definitiva, una hembra excepcional. Recuerdo cómo nos acicalábamos impacientes en la sala de espera para conseguir su atención… Ante tanta demanda era ella la que seleccionaba a sus amantes. A mí me eligió en seis ocasiones, me considero afortunado por ello, puede que le agradara, quizás por mis modales… No sé… A la mañana siguiente de nuestro primer encuentro abandoné el seminario; sus curvas, que dejaban en ridículo a las de la bajada de Puebla de San Miguel, sí que te hacían de verdad ver a dios…
Una tarde de verano llegó un apuesto viajante de electrodomésticos al pueblo, Luís Lobos se llamaba, Caperucita, perdidamente enamorada, se entregó en cuerpo y alma al forastero, experto en prometer el oro y el moro, como buen comercial que era… Una semana después, cuando hubo vendido todo lo que pudo vender, Luís desapareció sin previo aviso. El recuerdo de las falsas promesas de Lobos fue devorando la alegría de Caperucita, hasta que terminó apagándose como una vela. Finalmente, en la festividad de San Roque, marchó nadie sabe dónde, privándonos con su huida para siempre de lo más fabuloso que haya tenido jamás Villar del Arzobispo.
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