Bloguero

Yo empecé con Puyahumana con la idea encontrar un pretexto para producir lo que a mi me gusta producir: los roscos de vino. Pero el blog huele bien y le salieron pinzas y ojos saltones, pero no patas ni ruedas, y pensé que quería pasear, y me dió tanta pena que viviera sin conocer mundo, que me lo puse en la espalda y lo llevé a pasear. Al principio tener que transportarlo no me importaba, pues él era yo y pesaba poco. Yo lo había engendrado, había salido de mi, lo sentía así: yo. Pero esta manera de sentirlo duró poco… Un día me dijo al oído que me quería, que no podía vivir sin mi, que era completamente mío. ¡Qué manera más sutil de dejar de ser yo! “soy tuyo, cariño”, me dijo. Yo le regalé entonces trajes con orificios para meter sus pinzas, lo engalané con plumas y piedras preciosas engarzadas en joyas de cartón y le enseñe a cantar en silencio. Qué dichoso me sentía de tener este nuevo amor… Cuando me acostaba susurraba descripciones de paisajes exóticos, me embriagaba con historias inexistenetes de personajes y cosas que vivían en mi almohada y yo lo escuchaba feliz hasta quedar dormido. Entonces le creció una boca con dientes agudos como alfileres y me empezó a pedir de comer, y como yo sólo tengo derecho de un bocadillo a las cinco y cuarto de la tarde, acabé por compartirlo con él todos los días.

Entonces él empezó a engordar y yo a adelgazar. Y por la boca además de comer también eructaba improperios como si tuviera una tormenta gris en su voz. Y yo lo escusaba pues me daba pena que no pudiese andar. Le consentía demasiadas cosas pues presumía de conocerlo como se conoce a uno mismo y pensaba que algún día lograría corregir su manera de actuar.

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