Un poquito de color por aquí, un poquito de color por allá. Unas texturitas puestas ahí, unas sombritas acá, algunas luces vendrían de perlas, ta ta, pim pim… Es increíble lo cómodo que se dibuja y se pinta en el ordenador. También es completamente cierto, o al menos a mi me sucede, que con la creación digital, se tiende a imitar el aspecto material que nos dan las artes plásticas clásicas… Es raro, una especie de realismo virtual en la ejecución. Un concepto flotante que se afianza en las formas propias de la idea, ya que presta como punto de referencia de lo físico el aspecto cutáneo de la técnica que se imita… Imagino que es una manera más de anclar al espectador a la pieza, ya que se negocia con éste la credibilidad como objeto de la obra en cuestión, aunque se trate tan sólo de información a base de ceros y unos… Fascinante. Hablando de cosas fascinantes, déjenme contarles una historia de pokemons… Érase una vez que se era, un pokemon bizco de la raza de los tiras-autoadhesivsa que se llamaba Macuchu y que fue un día a la Cueva Granate de los Deseos Perdidos, para pedir que le creciera un pepino del quinto nivel en la frente. Allí se encontró con un niño que lo secuestró y metió en una bola roja y blanca muy, muy pequeña sin sanitarios y le obligó a vivir en ella para siempre. A partir de aquel momento, Macuchu, entró en depresión, pues lo suyo era correr libre por los campos de amapolas, así que pasaron los días y pasaron y buen día se murió. Y colorín, colorado, este pokemon-cuento se ha acabado. Fin… ¡Qué historia más triste, amiguitos! ¡Espero que os haya gustado!






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