Dibujar con líneas es muy placentero, es como tener un bisturí en la mano que extrae las formas de la nada. Unas veces la línea solo delimita, otras veces es tan poderosa en sus grosores, qué incluso construye volumen en los espacios vacíos que la rodea… El dibujo lineal es un verdadero placer. Pero para disfrutarlo verdaderamente bien, hay que olvidarse de que estás dibujando. Si logras olvidarte de esto, dejas de estar fuera del dibujo y con esto no quiero decir que así pases a estar dentro. No. Más bien, lo que a mi me sucede, es que en cierta manera me siento como si fuese el propio el dibujo, cuando esto llega a suceder, todo en él tiene mucho más sentido, e incluso pareciera que se va haciendo solo. Luego pasa, que la línea con la que te has divertido tanto, termina por acabar su labor y muere asfixiada en su propio horror vacui. Entonces te paras y te dices apenado y puede que orgulloso: “Esto no da para más”. Y en cierto modo tienes razón, ya que lo que has estado haciendo en realidad era tan sólo un dibujo de líneas, que como tal, puede realizarse con significado completo y santas pascuas. Pero también podría ocurrir, y es lo verdaderamente fantástico del asunto, es que los dibujos pueden ser evolucionados a un estado superior de existencia, como si se tratase de un repipi y sonriente pokemon. Esto me hace pensar que quizás a mi también me gustaría evolucionar a lo pokemon… Pero este tema lo dejamos mejor para mañana, cuando revisemos los resultados del dibujo al que por ahora llamo “¡Amanece, Sr. Würstel!”
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