
Huele a muerte por todos lados. Es normal… Muchedumbres con sus carnes putrefactas vagan por ahí emanando hectolitros de fétidos gases a la atmósfera… Al principio, cuando los vivos éramos mayoría, podías oler a la horda venir a kilómetros de distancia, toneladas de tejido animal licuándose al sol. Poder sentir este olor era una bendición de dios, la verdad… Al menos era algo seguro, la señal clara para comenzar a huir en el sentido contrario al tufo… Pero ahora que los zombis ganan… Ya no hay certezas. Ahora el aire huele a dulce y penetrante descomposición por dónde quiera que voy… Bueno, en realidad ya casi ni los puedo oler. Mi olfato está embotado, acostumbrado a este nauseabundo perfume de muerte. Y estas moscas… Billones de moscas adornan el paisaje. El cielo parece vibrar con sus vuelos, como si estuviese vivo, atomizado en innumerables y nerviosos puntitos negros sobre celeste… Me las imagino a sus anchas desovando en los mamíferos sin vida… Somos las cunas de sus larvas… ¡Malditas moscas! Recorren mi piel a todas horas, en mis ojos, en mi boca… Chupándome… ya ni me las quito de encima… ¿para qué? Son mayoría, hoy por hoy, la especie dominante… Me acuerdo de ver esos niños del tercer mundo por la tele, "¿cómo pueden aguantarlas en la cara?" Me preguntaba… Ahora lo sé, es fácil soportarlas cuando asumes que eres un divertido parque de atracciones para ellas. ¡Diversión a raudales, ja, je, ji, jo, ju! ¡¡Venid!! ¡Venid hijas de la gran puta!… Venid… Me da igual, sois el menor de mis problemas.
Estar en el infierno es muy duro… Sí… El infierno. ¿Qué si no? Los muertos se han levantado. Nada tiene sentido. Sólo miedo, huir sin descanso, sin dormir, sin esperanza… una pesadilla… Y para colmo el viento de levante ha traído este insoportable y bochornoso calor que no da tregua. ¡Ni siquiera ahora de noche! ¡Mierda, qué calor!…





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