Esta noche he tenido un sueño de los que a mi me gustan: Zombis. Bueno, zombis no. Mi subconsciente se ha puesto al día y a remozado la enciclopedia de los monstruos. Eran infectados. Yo hubiera preferido zombis, soy de los que les gustan disfrutar de los clásicos, pero el enano verde bibliotecario que ordena mi mente, decidió que infectados… menos da una piedra, que le vamos a hacer.
El principio del sueño me aparece sólamente silueteado, así que paso por alto el comienzo del mismo, y os cuento sólo lo que me acuerdo bien. Yo pertenecía a una fuerza de choque vestida de negro, con rifles, pistolas, ametralladoras, subfusiles y todas estas cosas que sirven para hacer pupa. Habíamos llegado a un área de servicio de una carretera comarcal, plagada de estos pobres diablos infectados. La entrada en ese cuchitril fue a tiro limpio, dejando el area segura en un santiamén. "Sincronicemos relojes" dice nuestro capitán, que se parece sospechosamente al George Clooney del bigotito de los anuncios de Martini. No sé a qué viene eso de los relojes… como si un infectado tuviera horarios que cumplir. Lo entiendo en un robo a un banco, al hacer estallar una presa burlando la seguridad, saltar en paracaídas, etc… pero la vida castrense es así, y no saben como las gasta el Clooney, así que como yo soy un mandao, hice como el que manipula el reloj y santas pascuas. De repente aparece por la puerta una mujer con sarna en la boca, los ojos vueltos y gritando histéricamente. Sin pensar mucho se dirigen todas las armas al cráneo de esta nerviosa dama. Click, Click, Click, Click, Click… ¡Todas nuestras armas estan descargadas! Clooney, maldice al pelotón de inútiles que tiene bajo su mando y nos insta a recargarlas sin pedirlo por favor. Yo me dispongo a abrir la cajita de cartón dónde tengo las balas; La mujer se dirije a mi dando alaridos como una posesa; mi capitán me grita a la oreja preguntándome por mi madre; Intento abrir torpemente la puta cajita como si llevase puesto unos gruesos guantes de esos que se usan en las industrias metalúrgicas. La logro abrir, menos mal, y cojo… ¡¿una hilera de grapas de patas largas???!!!! Mi cajita de las municiones está llena de recargas de grapadora de oficina, de patas largas y cortas. La infectada chillando como una loca empieza a empujarme restregando su entrepierna violentamente contra mi pierna derecha, el Bueno de George pega su boca a mi oído izquierdo desgañitándose… "Debe haber al menos una bala" pienso desconcertado, busco, rebusco, con la cabeza entre mis hombros, en un intento de taparme mis pabellones auditivos con ellos y… ¡encuentro una bala, dios existe! … ¡Pero es de rifle para cazar elefantes y yo tengo una automática de 9 milímetros Parabéllum, dios es un cachondo! Sigourney Weaver, compañera de pelotón se apiada de mi y me pasa la bala apropiada. Cargo apresuradamente y hago pasar a mejor vida a esa señora con un precioso agujero en su entrecejo. Suspiro profundamente aliviado, Clooney con sus brazos en jarra, me fulmina con su mirada. Entra un preadolescente de doce años de dientes separados con llagas en toda la cara. Este infectado no grita, sólo sonríe socarronamente, y espera su inminente ejecución parado en mitad de la sala, busco en la cajita y esta vez con más suerte encuentro la munición apropiada. ¡Bang!… No me miren así, ese niño ya no era humano. George me da está vez unas palmaditas en la espalda felicitándome. La cosa se pone fea, otros tres infectados entran en la estancia. Uno por la puerta, dos por las ventanas; todos me miran esperando que me líe a tiros, entonces pienso que porqué lo tengo que hacer yo, todos llevan armas y se pueden imaginar lo angustioso que es buscar una bala allí dónde sólo hay grapas. Decido que me debo ir pitando de allí, George me insulta desde el porche del establecimiento mientras yo pongo los pies en polvorosa campo a través. Por el rabillo del ojo veo como un infectado le muerde en el cuello. Pobre George, con lo que le gusta el vermú.
Corriendo como si me siguiera el diablo, voy despojándome del pesado e inútil equipo militar, ya que sin recargas no sirve para mucho. Llego a un camping lleno de turistas alemanes cocinando en barbacoas. Los infectados se están poniendo las botas, pero los germanos siguen con sus parrillas como si no pasara nada. "Estos guiris no se enteran de ná" murmuro sin frenar mi marcha. Llego al lateral del camping, un barranco que da a un lago me impide seguir; intento volver por mis pasos, pero un muro de infectados que me miran como a un suculento muslo de pollo, avanza lentamente hacia mi. Les tiro la caja de grapas y salto al abismo. Caigo al agua. Intento flotar con todas mis fuerzas. Pero a parte de darme cuenta de que soy una atractiva mujer rubia, recuerdo que no sé nadar demasiado tarde. Me ahogo…
Las luces de la sala se encienden. Sigo siendo la guapa blonda, actriz protagonista y también directora de esta película de bajo presupuesto sobre infectados, que se acaba de proyectar en su preestreno. Ante la prensa intento justificar el precipitado final. Finalmente reconozco que me he equivocado humildemente. Apelo a mis buenas intenciones de renovar los desenlaces de este género de terror. No cuela. Mi carrera como cineasta está acabada. Hablo en alemán.
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